Alfredo Sfeir YounisSi uno pudiese simplificar al máximo las bases del desarrollo, se podría decir que éstas deberían considerar al menos tres pilares: la oportunidad, la seguridad y el empoderamiento. Esto lo aprendí de mis experiencias en desarrollo económico y social a nivel internacional y de los resultados del análisis profundo a las prioridades de quienes viven en la pobreza; sintetizadas en el documento “Las Voces de La Gente Pobre” del Banco Mundial. La existencia de estas tres dimensiones fue reforzada por varias evaluaciones ex-post de proyectos de desarrollo terminados que, en 1987, la experiencia se convirtió en un reporte sobre la sustentabilidad del desarrollo e inversiones públicas.

Hoy vemos claramente que el liderazgo involucrado en la implementación diaria de la economía neoliberal le da un énfasis exagerado, y exclusivo, al tema de creación de oportunidades a través de la producción y competitividad económica, el comercio nacional e internacional, el empleo (como resultado), la generación de ingresos, los salarios y beneficios, el consumo, el emprendimiento, etc.

Desde el punto de vista del bienestar social, a veces pareciese que todo lo que interesa como gestión económica y social está resumido en la noción del Producto Interno Bruto (PIB). Una dimensión más bien material de nuestro bienestar. Si bien la creación de oportunidades y el aumento del bienestar material son importantes a considerar, no lo es todo. De qué sirve la creación de estas oportunidades si no hay seguridad y/o empoderamiento? Más aún ¿cuáles son las oportunidades que realmente aumentan la seguridad y enriquecen el empoderamiento (como es el caso del “trabajo decente”)?

No hay duda que el tema de la seguridad ha recobrado una atención especial en Chile y los demás países de América Latina, particularmente como resultado de ese deterioro que hemos visto en los últimos años en nuestras familias (violencia intrafamiliar) y barrios (crímenes, asaltos, asesinatos), y como una respuesta a la incapacidad que los gobiernos tienen de lidiar con las distintas formas de violencia, más allá de la violencia física.

Estas son el resultado de la inequidad económica, de la injusticia social, del comercio y de la adicción a las drogas, del débil y complejo aparato judicial, de la falta de amor y compasión por los necesitados, de la mala inversión en los barrios vulnerables, del desencuentro de la juventud con su entorno nacional y local, y de muchos otros factores psicosociales, culturales, ecológicos, y humanos.

En dicho contexto, el tema del empoderamiento recobra una importancia capital. El empoderamiento es un término que reúne las nociones de: talento, dignidad, acceso, poder, autoestima, capacidad, procesos, confianza, protagonismo, acción, visión, etc., las cuales nos permiten a cada uno como individuo, o a nosotros como colectivo, gestar, participar y modificar las decisiones que nos afectan diariamente.

Hoy vemos que mientras el factor oportunidades es una variable integral en las decisiones públicas y privadas, la seguridad y el empoderamiento, o están sólo implícitamente consideradas (nadie sabe cómo, por qué, o quién), o simplemente son dejadas de lado, como si ninguna de ellas pudiese afectar el resultado de las metas económicas y sociales propuestas para la nación. Nada más alejado de la realidad.

Más aun, este enfoque sesgado hacia la creación de oportunidades solamente intensifica “los males” del sistema económico neoliberal, como son la concentración de la riqueza, la inequidad, la inestabilidad, la destrucción ecológica y medioambiental, la desconsideración del mediano y largo plazo, las capacidades de lidiar con los efectos negativos externos del crecimiento y desarrollo, etc.

Muchos piensan que es hasta peligroso empoderar a la ciudadanía. Falacia que debemos eliminar de inmediato. Soy de aquellos que piensa totalmente lo contrario: mientras más seguridad y empoderamiento se establecen en nuestra sociedad (ej. cantidad y calidad) más serán las oportunidades creadas (ej. cantidad y calidad, nuevamente) para la ciudadanía.

Las experiencias de desarrollo demuestran lo contrario: mayor seguridad y fuerte empoderamiento significa menores costos para el desarrollo y mayor capacidad para alcanzar armónica y coherentemente las metas del bienestar material y espiritual. En la práctica, los déficits de seguridad y de empoderamiento son los que encarecen el desarrollo y crean los resultados desafortunados. Dentro de este contexto, es importante notar que tanto la seguridad como el empoderamiento poseen dimensiones materiales como espirituales, individuales como colectivas, externas como internas, y nacionales como internacionales.

Una dimensión material del empoderamiento se relaciona con las inversiones que un gobierno debe hacer para que la gente pueda votar en una elección, y de forma gratuita. Esto requiere por ejemplo de dinero e infraestructura en todo el país (transporte gratis durante las horas de votación).

Una dimensión individual del empoderamiento es aquella que viene del respeto a nuestra propiedad individual: tener derecho a nuestra vivienda. Una dimensión colectiva del empoderamiento es la necesidad de sindicatos y organizaciones de trabajadores, obreros, pescadores, campesinos, etc., que tengan el poder, la libertad, las capacidades y los talentos para ejercitar negociaciones colectivas.

Una dimensión externa es aquella que está directamente ligada a otros actores sociales y sus comportamientos: al poder de la globalización y corporaciones multinacionales (Monsanto), y a la estructura de poder vigentes.

La dimensión interna tiene que ver con el empoderamiento personal, de uno mismo: una identidad fortalecida y un sentido de pertenencia real a la sociedad en que se vive.

Finalmente, es evidente que existe un empoderamiento tanto a nivel nacional como internacional (ej., acuerdos, convenciones, tratados, regulaciones). Una expresión de este último es el concepto y la práctica del llamado Derecho al Desarrollo.

En mi campaña presidencial de 2013 hice un esfuerzo grande para ilustrar la íntima relación que existe entre la sustentabilidad del desarrollo basada en la naturaleza de nuestro capital natural –ej., recursos naturales, medioambiente (productos/servicios), y ecología—y el empoderamiento de la ciudadanía. Principio que denominé: “La Sustentabilidad del Desarrollo Con Una Ciudadanía Empoderada”.

Es decir, La sustentabilidad como un camino único en relación a nuestro capital humano y capital natural, junto a otras formas de capital, y el empoderamiento de una ciudadanía, como fuese referido anteriormente.

Nuestra economía y competitividad está basada casi totalmente en nuestros recursos humanos y naturales. Por lo tanto nuestro desarrollo, riqueza, y prosperidad dependen de estos recursos. Dentro de este aspecto general cabe notar una serie de dimensiones importantísimas que están ligadas profundamente a los procesos de empoderamiento ciudadano. Ellas son: identificación espacial, propiedad, acceso, uso, manejo y conservación de los recursos tanto renovables como no renovables. En el caso de Chile, el que posee la propiedad y el acceso a los recursos se empodera automáticamente, al menos en lo material.

Pensemos por ejemplo en la propiedad del agua.

Pensemos en la propiedad de nuestras semillas.

Si los que están empoderados de un recurso se apropian también de su renta, lo explotan en forma irracional, etc., será imposible un verdadero empoderamiento de las generaciones futuras.

Estas generaciones futuras quedarán fuera de un proceso vital de empoderamiento y de bienestar tanto individual, como colectivo.
Esta es la esencia del paradigma propuesto aquí.

Hay que abordar las relaciones que existen entre la sustentabilidad del desarrollo y el empoderamiento ciudadano.

Esta es una propuesta que debe traducirse en un nuevo enfoque, estilo de vida, y horizonte ciudadano y en nuevas formas de hacer política, economía, ecología y lo social.

Nosotros tenemos y debemos concebir nuestro propio futuro en forma democrática: forjarlo en forma participativa, masiva y empoderada.

Esta realidad hay que cambiarla ahora. Crear nuestro propio futuro no es una opción, es una obligación.

 

Alfredo Sfeir Younis es un economista, ecologista y guía espiritual chileno. Fue candidato a la presidencia de Chile en la elección de 2013.
Estudió economía en la Universidad de Chile, con maestrías y doctorados de la Universidad de Rhode Island y de Wisconsin. También se graduó en la Universidad de Harvard como MBA para Ejecutivos, además de los programas de finanzas y comunicaciones. Alfredo Sfeir Younis ocupó varios cargos en el Banco Mundial, donde, a partir de 1976 fue considerado el primer economista ambiental. Fue economista agrícola principal para el África del Oeste, líder en la formulación de políticas y programas ecológicos y medioambientales, director de la oficina del Banco Mundial en Nueva York y Ginebra (Suiza), y vocero en materia de derechos humanos. Sirvió como Representante Especial del Banco Mundial ante Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio entre 1996 y 2003. Actualmente es el Presidente del Instituto Zambuling Para la Transformación Humana.

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