Investigadores de la Universidad de Flores estudian la toxicidad de los metales en la cuenca Matanza-Riachuelo. Se trata de un trabajo sobre las plantas Seibo y Sen del Campo, en el que se mide el nivel de contaminación que reciben. Las primeras conclusiones. 

Los metales que se encontraron en el Riachuelo fueron cobre, cromo y plomo. Foto: Gabriel Basílico.
Los metales que se encontraron en el Riachuelo fueron cobre, cromo y plomo. Foto: Gabriel Basílico.

Problemática existente desde el siglo XVIII y símbolo de las promesas estatales incumplidas, la contaminación en la cuenca Matanza-Riachuelo tuvo su origen en la instalación de los primeros saladeros en la cuenca baja y su toxicidad fue incrementándose a través del vertido de aguas cloacales y efluentes sin tratar de frigoríficos, curtiembres y otras industrias instaladas en sus riberas. Estos efectos resultan nocivos para las casi 4 millones de personas que en la actualidad viven a la vera del río.

Encabezados por los doctores Laura de Cabo y Gabriel Basílico, ambos investigadores del Museo Argentino de Ciencias Naturales y de la Universidad de Flores (institución que coordina el proyecto), un grupo de especialistas viene realizando desde el año pasado estudios acerca de los metales vertidos en el Riachuelo y que resultan contaminantes para la flora y la fauna, tanto acuática como terrestre.

“Nos preocupó la presencia de cromo en la ribera del Riachuelo”.

La primera etapa del trabajo tuvo lugar en un tramo de 100 metros próximos al puente Ezequiel Demonty, en el barrio de Nueva Pompeya. Allí, los principales contaminantes son los metales arrojados por las industrias.

Los elementos que se encontraron fueron cobre, cromo y plomo, cada uno con sus propias características y nivel de toxicidad. “Hay metales que son esenciales, como el cobre, pero lo ideal es que haya una cantidad pequeña. Y hay otros cuya sola presencia es dañina, como el cromo y el plomo. Por eso nos preocupó la presencia de cromo en la ribera del Riachuelo”, afirmó De Cabo.

“En el marco de la investigación sobre la tolerancia de las plantas que viven en las orillas de ríos muy contaminados, utilizamos sedimentos contaminados con metales provenientes de la ribera del Riachuelo. Con esa matriz hicimos un ensayo de varios meses de duración con Seibo y Sen del Campo, dos plantas nativas que pueden crecer en las orillas de los ríos de la región pampeana, para ver si toleran la presencia de metales”, explicó Basílico.

El estudio llevó 153 días, con una medición intermedia a los tres meses del tejido aéreo y la raíz de las dos especies escogidas. El trabajo comenzó con la toma de muestras de suelo, su homogeneización y caracterización, para saber qué metales tienen. De Cabo y Basílico plantaron semillas germinadas de ambas especies en macetas conteniendo los suelos colectados del Riachuelo. Y después se controló dos veces por semana el contenido de humedad, ya que el agua es lo que posibilita que la planta absorba los metales.

De Cabo y Basílico plantaron semillas germinadas de Seibo y Sen del Campo en macetas conteniendo los suelos colectados del Riachuelo.
De Cabo y Basílico plantaron semillas germinadas de Seibo y Sen del Campo en macetas conteniendo los suelos colectados del Riachuelo.

“Hicimos un trabajo previo de germinación, para que las plantas utilizadas tuvieran todas las mismas condiciones –detalló la investigadora–. Seguimos a la planta desde la semilla. La hicimos germinar en condiciones controladas en un invernáculo. En el río, el agua sube, hay viento, hormigas, y acá no, pero como primer avance es complicado hacer un ensayo en el lugar, precisamente por todas estas cuestiones”.

 Resultados y posibles soluciones

Pese a que aún resta la divulgación formal por los canales científicos, el proyecto ya arroja algunas conclusiones. En principio, puede afirmarse que tanto el Seibo como el Sen del Campo toleran niveles altos de metales y que los mismos no se trasladan de la raíz a la parte aérea de la planta. Esto último es relevante porque evitaría que afecte también a la fauna que se alimenta de las hojas de esas plantas.

“El fondo del Riachuelo tiene contaminantes que van a quedar ahí y es un riesgo moverlos”.

Según De Cabo, “el agua del Riachuelo, aunque vaya lenta, circula. Si hoy se dejaran de tirar residuos cloacales e industriales, el agua comenzaría a sanearse. Hay que dejar que el Riachuelo funcione como un río, y no como un canal. Una de las ideas que se manejó era utilizarlo como un canal, entubarlo, pero por suerte esa idea se dejó de lado. Pero el fondo del río tiene contaminantes que van a quedar ahí y que también es un riesgo moverlos. El proceso de remoción es un riesgo, ya que el Riachuelo desemboca en el Río de La Plata y afectaría al agua potable”.

La solución, entonces, no será fácil ni de un día para otro. De todas formas, los investigadores no pierden el optimismo, tal como concluyó Basílico: “Los sólidos, con los mismos procesos de crecidas y demás, se irían lavando. Con el tiempo se van a quedar ahí detenidos y al menos los primeros metros de agua van a quedar en condiciones saludables para el ambiente”.

ACUMAR, una autoridad puesta en duda

Un proyecto anterior del grupo de investigadores contó con el apoyo de la Agencia de Protección Ambiental del Gobierno de la Ciudad (APRA), organismo que tiene representación ante la Autoridad de la Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR). La investigación formó parte de las propuestas que la Ciudad le envía a ACUMAR para toda la cuenca. Pero la entidad no está exenta de cuestionamientos por parte de organizaciones no gubernamentales, que reclaman unificación de criterios.

“Hay mucho interés en el Riachuelo y siempre hubo superposición de proyectos”, señaló De Cabo, y mencionó como ejemplo la frustrada iniciativa de construir pequeñas cascadas que sirven para oxigenar el agua. “Aplicarlo en el Riachuelo no tenía mucho sentido, porque es un río que tiene casi cero de oxígeno y para que haya vida debería tener al menos 5 miligramos por litro, por lo tanto pretender llegar a niveles de oxigeno compatibles con la vida de seres aeróbicos utilizando este sistema sería como querer curar a un enfermo de cáncer con una aspirina. Una cascada de este tipo puede oxigenar una porción de agua próxima, pero cinco metros más abajo ya se perdió. Entonces, la idea se dejó de lado”.

Ambos investigadores coinciden en que el principal problema es la presencia de efluentes, como las aguas residuales de industrias (muchas de ellas ilegales) y domésticas por sistemas cloacales. Como señaló De Cabo, “la red cloacal actual está perimida y contamina muchísimo las aguas del Riachuelo. Además están los pluviales, que son conductos para desagotar el agua de lluvia, pero en realidad también se vuelcan residuos de industrias y de talleres. Hay muchos talleres que están escondidos y que no son fiscalizados”.

Para la especialista, también es fundamental una mayor concientización social: “Es cierto que en su cuenca baja el río atraviesa zonas complejas, donde no ingresan los camiones recolectores de basura, pero la realidad es que se sigue tirando basura directamente al río. Entonces, hay un tema de presión a la industria, pero también de concientización social”.

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