La contaminación del aire genera graves efectos sobre la salud y el medio ambiente. Humo, basurales, industrias y embotellamientos son algunos de los problemas.

La imagen de una nube de smog sobre el Distrito Federal de México o sobre San Pablo en Brasil es representativa de los problemas que causa la contaminación ambiental en las grandes ciudades. A pesar de contar con ventajas a su favor y con la posibilidad real de revertirlo, Buenos Aires no es la excepción y la situación es preocupante.

La Fundación Ciudad, una ONG dedicada a preservar el medio ambiente, realizó una investigación cuatro años atrás que dejó algunos números Buenos_Aires_and_the_smokeverdaderamente alarmantes. En Buenos Aires y alrededores conviven más de doce millones de personas, sumado a 50.000 industrias, basurales a cielo abierto, aeropuertos y tres centrales termoeléctricas. Todo ello impacta directamente en el medio ambiente.

“No vivimos en una Ciudad limpia y estamos muy atrasados en todos los temas ecológicos. Existen problemas de polvo, humo y hollín. Se generan permanentemente residuos al medio ambiente que todavía no se han logrado controlar. El parque automotor no está en buenas condiciones y los combustibles no son los mejores”, describe Andrea Ferrarazzo, consultora de la organización.

Los vehículos son actualmente la principal fuente de contaminantes del aire. Desde 1990 ha habido un rápido crecimiento de los automóviles particulares que todavía no ha frenado. Todos los meses se rompen records de producción y venta en las principales empresas, lo que es una noticia positiva para la economía pero mala para la ecología.

El tránsito vehicular genera diariamente varios cientos de toneladas de gases y diminutas partículas que se incorporan a la atmósfera. El individuo que trabaja o circula por las áreas más congestionadas de la Ciudad recibe el impacto directo de los tóxicos emitidos, lo que genera efectos perjudiciales a la salud.

“Los niveles altos de contaminación perjudican especialmente a las personas con asma y otras enfermedades cardíacas o pulmonares. Los gases tóxicos generan cefaleas, irritación de los ojos, lagrimeo, picazón de nariz y ardor de garganta, entre otros. Además, a largo plazo, vuelve a la persona más vulnerable ante algunos virus”, sostiene Jorge Zanardi, bioquímico de la división Toxicología del Hospital de Clínicas.

Sin embargo, no todas las noticias son negativas. La geografía y los cientos benefician a la Ciudad de Buenos Aires ya que al estar ubicada en una gran planicie abierta favorece la circulación del aire impidiendo la acumulación de contaminantes. De todos modos, esto no significa que la prevención y la regulación no sean necesarias.

Una medición incompleta

Para poder empezar a revertir esta situación, uno de los puntos necesarios es medir la cantidad de contaminantes gaseosos que tiene la Ciudad. Así, se podrán tomar las medidas correspondientes en base a datos científicos. Afortunadamente Buenos Aires ya ha dado el primer paso.

El Gobierno de la Ciudad ha instalado tres estaciones de monitoreo de la calidad ambiental, ubicadas en Palermo, Parque Centenario y La Boca. Las mismas obtienen diariamente datos de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y material particulado de menos de 10 micrones.

La Ciudad posee una legislación para el control de la calidad atmosférica, la ley N° 1356, que establece que los vehículos sean sujetos a una verificación técnica. Esta medida se cumple con los colectivos pero no con los automóviles particulares y ayudaría en gran medida a mejorar el aire porteño.

“Las inspecciones y el control son muy importantes. Se debe realizar un chequeo técnico vehicular para tener bajo regla la cantidad de emisiones que se emiten al aire. Además, se necesita una reducción de los períodos de operación de los vehículos de transporte público y el uso de combustibles limpios”, concluye Ferrarazzo.

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